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14 noviembre 2012
02 abril 2012
30 años
Fumaba sentado aquel muchacho de armas tomar. Peleaba junto a un escuadrón de insectos acostumbrados a la derrota: al cero-uno en tiempo de descuento, al minuto fatal que noquea y sobra y obliga. Juntos recuperaban durante el día todo lo que incondicionalmente perdían durante la noche. Cruel la noche. Cruel y perfumada en el cuadrilátero de una isla. No había pócima salvadora. No había mejunje de esos que redimen o calman. No había casi nada. Un poco de hambre y un mucho de niebla. Y un muchísimo de incertidumbre: de no saber qué mal traería la oscuridad de las horas. Y fumaba escondido, el muchacho. Después de cada batalla: a pie de cerro o a orilla de mar. Con el caer y el tronar de una bomba. Con el resplandor. Con el eco del último grito. Con todo eso y los insectos y los zumbidos. En su cajita de lata dormían las píldoras del sueño eterno. La varicela de los nueve años. El retrato de una novia. Quiso olvidar y no pudo. Quiso regresar y no pudo. Quiso abstenerse: rodar volar fumar cantar. Viajar. Y no pudo. Escuadrón de insectos sumergidos en la derrota. Caja maravillosa repleta de píldoras esclarecedoras. Dónde sería posible encontrar el túnel. El hueco, la salida. Dónde va a parar la memoria cuando la noche se hace madrugada. Cuando el perfume y la pólvora. Cuando la sonrisa de una mujer se queda tan pegada al celuloide. Dónde queda el ministerio de defensa. Cuál es la receta para mantener la calma durante el interminable invierno. Fumaba dentro de la cueva, el muchacho. Ausente el remedio, pegajosa la culpa. Mar y cerro recortándose mutuamente. Fumaba y pensaba. Aquel ceniciento de armas tomar. Junto a los insectos. Rodeado de ellos. Sin túnel ni hueco ni salida. Sentado y sabiendo que iba a morir.
'Medicinas'. Del libro Arder en el invierno
20 marzo 2011
Preguntas y respuestas
Arder es un libro muy particular. Un ejercicio literario y una prueba de que los escritores estamos todos locos. El truco está en hacer creer que nuestra locura es una herramienta, un puente para alcanzar ciertos objetivos más o menos intelectuales que, después de todo, a nadie le interesan.
La entrevista completa, aquí.
08 febrero 2011
especialmente en invierno
reseña del libro Arder en el invierno
por Goizeder Lamariano Martín
por Goizeder Lamariano Martín
Cuéntate la vida
Aunque yo he leído el libro en orden, siguiendo las tres partes, Arder en primera, Arder en segunda y Arder en tercera, conforme pasaba las páginas me iba dando cuenta de que también es posible leerlo no por partes, sino por capítulos, es decir, leyendo seguidos los tres relatos de cada una de las 27 palabras. Me ha gustado tanto que no creo que tarde mucho en volver a leerlo, pero esta vez siguiendo este orden.
la reseña completa, aquí
13 julio 2010
Algunas precisiones
en ESTE reportaje publicado el domingo 4 de julio en la edición digital de laprensahoy.es (mis gratitudes a sus responsables, especialmente a Felipe Espilez Murciano).
05 junio 2010
agenda: FLM 2010
Feria del Libro de Madrid 2010
próxima firma / encuentro con lectores:
domingo 6 de junio, 18hs.
caseta 262 (Ediciones Baile del sol)
libro: Arder en el invierno
próxima firma / encuentro con lectores:
domingo 6 de junio, 18hs.
caseta 262 (Ediciones Baile del sol)
libro: Arder en el invierno
09 marzo 2010
Sirenas
No vive exactamente ahí: en la planicie azulada que algunos llaman mar. No es parte de la noche. No es fatiga ni escozor ni odisea. Un conjunto de razones le dan alas para avanzar, y que la orienten las farolas. Agua sobre agua, murmullo de gaviotas: lejos quedó la arena y extraviado el mirador. Muelle lisonjero donde pescadores enguantados dicen haberla visto alguna vez. Hubo un ulises melancólico que soportó estoicamente su canto. Las notas del placer. Atado al palo mayor pero también al destino de aquella mañana en que nadaron como locos en busca de la revolución. Soportó el canto. El llamado de la selva. El sonido embrujado que muy pocos seres escucharon jamás. Cera en los oídos y patacones en los bolsillos. Tripulación alerta. A ver si no va a ser verdad su movimiento circundante, su cola que lleva y trae, su desprecio y su parte de abajo. Su cinturita inseparable que la convierte en preciosura. A ver si al caer la tarde, de una vez por todas, no la desorientan las mareas del norte. Siempre tan madrastras y proclives al destierro.
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extraído de Arder en el invierno
extraído de Arder en el invierno
04 febrero 2010
Regalos
La mujer se lo dirá. Aun bajo presión. Aun en las crueles circunstancias que la rodean. La mujer se lo dirá. Tiene o lleva la respuesta cobijada en los párpados. En el contorno de su boca joven. En el ardor que recorre su vientre como nunca antes como nunca antes. Y en el sobre blanco que viaja junto a ella y que ella no olvidaría por nada del mundo. Se lo dirá. Le dará el sobre sin siquiera abrirlo y esperará a que él solito encuentre el veredicto. La certificación de lo que no tiene retorno ni vuelta atrás. Se lo dirá. Aun contra su propia voluntad y a sabiendas del enojo ajeno, del repudio y por qué no del insulto. Ser feliz e infeliz al mismo tiempo. Esa sensación, con formas de zumbido, la acongoja. Pero en el centro de su memoria sigue rozando la barbilla de su amante. Por su pecho joven. Por su cuello tenso. El sudor y los quejidos: la esperanza: el despertar. La mujer se lo dirá. También es su deber informar. Padecer. Romper en lágrimas después del hundimiento. Ella y el sobre. Ella y la distancia. Ella y la nada. Mientras tanto se consuela: la posibilidad más ínfima. La que nunca escuchará. La imposible. Mientras tanto viaja con la respuesta a flor de piel. Entre la brisa y la incógnita. Entre la felicidad y el terror que nace al otro lado del espejo.
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extraído de Arder en el invierno
extraído de Arder en el invierno
21 enero 2010
Quijotes
De nuevo llega el cantor, remolino en la garganta. Viene de no sabe dónde a cotejar los malestares. A sanar la zona púrpura. A payar los versos de su pueblo tan cercano a la injusticia. Viene de nadie sabe dónde y unos cuantos lo saludan. Sin embargo. Agitan pañuelos a la vera de su paso. Mujeres y niños lanzan claveles al viento. Entre armadura y pértiga y un sueño por cumplir. Claveles en los fusiles, se dirá más tarde. Hombres emocionados: pañuelitos parpadeantes: señal de que cabalga. Alazán que mece su nombre contra el palo flaco de la muerte. Contra la mano que hace callar. Contra la pluma que rubrica cualquier entrega. Contra el invierno: que siempre es pluma y tantas veces mano ejerciendo el silencio. También contra la noche. Negra. Que empezó una mañana de marzo. De olvido. De ciénaga y pantano y muchedumbre acribillada. Suerte que por fin vuelve el cantor: torbellino en la garganta.
09 enero 2010
Pirámides
Es algo parecido a una tormenta: al agua cayendo como varillas desde un lugar bucólico y seguramente mal pensado. Al agua cayendo contra todos los toldos. Contra el pasto y la tierra seca y por qué no la arena que lame el mar. Y por qué no el asfalto. Sobre un paraguas bicolor que avanza por la ciudad. Algo de oscura y macabra espalda alimenta su vocación puntiaguda, su ladera inescrutable. Como insectos, así de voraces, varios señores vestidos de azul deambulan su contorno. Van y vienen. Insultan. Hubo una operación aritmética en el corazón de aquella noche. Un muñequito de torta partido a la mitad. Una maldición. Triángulo de pie en medio de la maroma. Todo corresponde a una punta y entonces todo chorrea desde ahí. Las ganas y el terror. La melancolía del que tanto amó y tan poco recibió a cambio. La punta se hace vértice mientras los señores de azul recorren una y otra vez la base. Putean. Después aparece la luna, descamisada, rodando por el empedrado. Después aparece él. Y más temprano que tarde ella. Se encuentran. Ninguno de los dos lo sabe pero todo corresponde a una punta. Al vértice alto e intocable que alguna vez intentaron compartir. Algo parecido a un diluvio pero sin arca donde salvarse.
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extraído de Arder en el invierno
extraído de Arder en el invierno
01 diciembre 2009
Ojos
Como si fuera domingo. Como la espada vengadora que algunas veces condena y otras arrecia y tantas veces perdona. Como un tren cuando se detiene. Como una luz en medio del camino, cortando la niebla. Como el milagro que siempre ocurre al despertar. Como si fueran ellos los que olieran el perfume contra la almohada, la piedra contra la carne, la brisa y el ventanal. Como si fuera tarde y domingo. Como si fuera, además, invierno cerrado. Como si alguien contara los días. Y en una casita de montaña se consumiera el último leño. Como un gladiador agonizando, entre vítores que de a poco va dejando de escuchar. Como un cuerpo embarazado. Como un cuerpo despreciado. Como una sombra. Así. Desde una posición privilegiada. Y con los párpados coloreados de celeste.
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extraído de Arder en el invierno
extraído de Arder en el invierno
01 junio 2009
Cartografías
La esquina que los espera tiene forma de ataúd, de cajita musical, de acantilado. Su ubicación es más bien arrabalera: algo escorada entre los barrios que ninguno de ellos quiso pisar jamás. Su ubicación, entonces: olvidada en el mapa: más bien desconocida. Y sin embargo: para allá sale una calle, para allá otra. La calle sur desemboca contra el chaperío de una villa miseria, cuyo jefe o cacique se apoda también Miseria. Pero ellos no lo saben. Lo ignoran. Y el apuro los convertirá en carne tierna. Y no hay cosa más bienvenida que esa para los señores miseria. La carne. Mordiscón entre los arbustos. Olor a humo sobre las brasas del que vive agazapado. La calle norte no lleva a ningún lado. La esquina que los espera no es la esquina de nada y debería estar maldita. Caminen y busquen. Busquen que ya están absolutamente perdidos. Miseria con mayúscula, tantas vocales: qué pena olvidarse la brújula en las noches de tormenta. La esquina que los espera tiene forma de cementerio si no se la visita en horas de oficina, cuando los perros callejeros se entretienen hurgando en la basura. Porque ignoran. Porque ignoran que esa misma noche, de frente al chaperío, morirán flacos y congelados.
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extraído de Arder en el invierno
extraído de Arder en el invierno
13 mayo 2009
Anillos
La indiferencia siempre fue su fuerte: su parte menos vulnerable: su alternativa y también su modo de sobrevivir. Es un dictamen, una sentencia, un martillazo que da contra la madera del estrado. Palo y hueso, fósforo y oscuridad. Entonces nunca más nada es igual. Su dedo anular tarda en liberarse pero el día menos pensado: la inapetencia absoluta, la autoexclusión absoluta: el olvido que siempre es absoluto. Como si nunca nada hubiese sido. Como si nunca nada en este mundo. Suavecita y mordaz, almita y sinrazón. Desaliento. Peca su mano clara de fácil abandono. Peca y huye y ya no regresa a la bisutería del invierno. Aplica con pericia la inyección de la indiferencia. Y ya no regresa. Da su parte de adelante y por poco cualquiera se la cree. Cualquiera reemplaza y cualquiera viaja en su regazo congelado. Habla y calla: sueña y corta. Suavecita y virulenta: su dedo anular pesa poco en el almanaque de los compromisos.
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extraído de Arder en el invierno
extraído de Arder en el invierno
09 noviembre 2008
Fechas
Qué te voy a dar mañana, cuando suene el despertador que separa con un hacha (de mala forma, para colmo) el sueño de la vigilia. Qué te voy a dar. Qué, medialuna mía. Decime qué. Si el tiempo sólo juega en el equipo del olvido. En el equipo que gana todos los partidos y todas la copas y todas las competencias incluidas las de régimen amistoso. El tiempo es la estrella del equipo eternamente invicto. El tiempo: todo lo que tengo y todo lo que tenemos. Entonces qué. Qué envuelvo y a qué le pongo moño. Qué. Tatuame un elefante en la frente para que su memoria se acople a la mía. Ya no me acuerdo de casi nada: me olvidé cuándo es o sucede tu cumpleaños, me olvidé el número mágico de tu DNI, las iniciales de tu coche, me olvidé el sistema que había construido para que el sonido crispado del despertador sólo fuera eso: un mero sonido y no un separador y no un miserable separador. Por eso cuando dentro de un rato suene. Por eso cuando suene y se termine el sueño y comience la jornada crucial, no sabré qué darte. Y tengo que darte algo. Algo importante y maravilloso. Tengo que hacerlo, medialuna mía. Porque a la hora de la cena pasan por la tele y en directo un partido insoportable donde siempre gana el mismo equipo.
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extraído de Arder en el invierno
extraído de Arder en el invierno
16 octubre 2008
Se dice gracias
[—¿Cómo se dice? —preguntó la madre, yendo con su voz hasta la cabecita del niño.]
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A Sergio Gaut vel Hartman por interesarse en los textos de Arder en el invierno (y publicarlos en 'Breves no tan breves'). También por las propuestas -todas interesantes- que me hace llegar de tanto en tanto.
Y a Alorsa (voz, letra y música de La Guardia Hereje, agrupación que compone, escribe y arregla sus propios tangos y otras yerbas), por las gratitudes a propósito de mis comentarios sobre la canción titulada Para verte gambetear.
Y a Alorsa (voz, letra y música de La Guardia Hereje, agrupación que compone, escribe y arregla sus propios tangos y otras yerbas), por las gratitudes a propósito de mis comentarios sobre la canción titulada Para verte gambetear.
21 agosto 2008
Yunques
Es lo que pesa: tu valor. Es lo que tiene: tu coraje. Valor y coraje viajan juntos en el epicentro de tus átomos. Hierro que golpea el hierro, lanza que flota y también golpea. El hierro. Corazón golpeado con brazos y piernas incansables. Firme y paciente. Prisma de hierro acerado. Manos santas -laboriosas-. Así sos. Pero en tu lanzadera metálica dejaste pasar lo que más querías: los paseos jubilosos, las tardes jubilosas y ardientes, la ilusión, el hilo de la memoria. Dejaste de volar porque el recuerdo te anega tontamente. Dejaste después de tanto luchar, de tanto arriesgar, de tanto. Dejaste de buscar, también: de crear: de posar tus ojitos firmes y pacientes en el verdadero supermercado de la vida. Seguí siendo asidua, perseverante. Seguí siendo alma y motor y placer. Seguí. No te olvides del mar. De lo que fuiste. De lo que todo el mundo sabe o intuye. Sos valor y coraje. Rescatalo y rescatate. Eso es el mar. Eso es el hierro. Eso sos vos.
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extraído de Arder en el invierno
20 junio 2008
Cartografías
El camino que elegiste es erróneo: hoy lo supiste. O tal vez ayer; hace poco muy poco, en definitiva. Pero ya lo sabés: son más kilómetros y la sinuosidad te zamarrea la vista, te la licúa. Dentro del artefacto hay leche y bananas maduras. Hay hielo. Entonces todo se revuelve y cruje y llega al punto mágico de bebida inolvidable. Abrís el mapa en la página de los aciertos, hacés fondo blanco: algo glotón que te llena el cuerpo. Una gota -la última- se contonea en tu labio inferior y cae y pega y explota. Explota la gota inolvidable. Explota al chocar porque choca justo en un punto del mapa que conocés de memoria. Lo señalás con el dedo y la gota se te sube. Trepa, la gota. Y deja de ser gota apátrida para ser tu gota, la mejor pero también la única. Donde cayó hay una ciudad. Esa ciudad perece inundada, nunca más habitable: fantasma y muerta y hasta sepultada. Camino erróneo, camino equivocado, camino descaminado. Pedí un mapa actualizado, nuevo, exclusivo; abrilo acompañado de otros labios y vas a ver cómo las rutas se parecen entonces a las que nunca pisaste, a las que siempre quisiste recorrer y no con el dedo y no con el dedo ahogado por la gota mágica, esa que salpicó una tarde de enero el camino infinito que vos elegiste con tanto ahínco. Por el que apostaste, además, todas la fichas. Inútil ahínco el tuyo. Inútil y desgastado; gota sin paradero olvidada en la ciudad.
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extraído de Arder en el invierno
extraído de Arder en el invierno
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