26 marzo 2009

Whiskys

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Sotana y escopeta; sombrero, mezquindad: servime en este vaso que tengo los dedos cansados. Que la voz se me hace corta y la paciencia una mosca insoportable que gira en redondo. Servime que te sirvo. Mirame y bardeame mientras escucho cómo suena el tintineo. El clín de la noche santa. Hielo contra hielo, labio sobre labio. Vaso ancho y pesado y algo quejumbroso. Boqueame que borracho voy por vos: por lo que fuimos y por lo que siempre seremos. Frío el contorno y alcoholizado el aire: la borrachera me hinca hasta decir basta. Borrachito por tu cuerpo de sota en la baraja, de alfarera en la última pieza de la casa, de fiebre vespertina. Por lo que siempre seré cuando tu aguijón me inocule el néctar de la buena nueva. Tomemos (juntos) la pócima estrafalaria y todos los días serán Carnaval. En puntas de pie me acerco y en puntas de pie me dejo. Te beso. Me dejo. Te toco. Me dejo. Quiero verte en tu sofá cama pataleando de alegría. Quiero que me sirvas y servirte. Que bebamos como locos hasta la cima inaccesible. Que suene el hielo y la piedra y la suerte. Que giremos en redondo como moscas enloquecidas.

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extraído de
Arder en el invierno
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17 marzo 2009

Visiones

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A menudo, quiero decir constantemente, se me aparece un rostro. Una cara de expresión melancólica. Una cara de hombre: seria y algo mofada pero tan especial. Su contorno es difuso: lejano y cercano al mismo tiempo. Tiene boca pero no habla: no hay sonido en sus ojos ni color en sus mejillas ni flequillo de ese que descoloca el viento. Tiene pelo, sí: castaño. Y maneras de naufragar entre el vapor. Rictus melancólico en el verde de un estanque. A menudo (digamos ya constantemente) intenta decirme algo que yo no alcanzo a descifrar. Cifrada comunicación la de esa cara. De sus ojos insonoros sale una suerte de mandanga que se me viene encima cuando olvido lo que soy: lo que busco y siempre buscaré: lo que me lleva de la mano día y noche por el jardín acristalado: lo que algunos esperan y otros desean y tantos ignoran. A menudo se me aparece un rostro. Una cara muda difusa seria. Una expresión que se refugia en el silencio hasta que el otro día, a la hora de siesta, abrió la boca y por primera vez pronunció palabra. Creo haber entendido perfectamente su mensaje. A la hora de la siesta: mientras ardía. A la hora de la siesta: en el fondo del espejo.

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extraído de
Arder en el invierno
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08 marzo 2009

Umbrales

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Tanto tiempo esperando el delicioso día: una mano me toca como induciendo a disparar. Disparo. Tantos días. Esperando a que ocurriera. Aquella mañana, de pie junto al altar, cerré los ojos y di el primer paso. Tantos pasos y tantos días y tanto tiempo. Alguien me tocó el hombro. Sentí el peso de su mano y no lo dudé. No es conveniente la duda cuando te llega el día que tanto esperabas. No es conveniente el signo de pregunta: la curva en el barlovento, la madrugada sin candil. Si miro hacia atrás me tapan los nubarrones. Si miro hacia atrás me convierto en estatua de sal. Porque la espada estruja con su filo y su brillo y su iniquidad. Estruja tanto: mi hombro apretujado cerca del atril. Entonces subí entré trepé rodé. Aquella mañana. Llevaba tanto tanto esperando que rodar trepar entrar y subir no fue una acción sino más bien un destino. La mano sobre el hombro irradia temperatura en medio de la nevisca. En medio del invierno. Y yo recojo la alegría como quien ve cierta lucecita en la ventana. Con una convicción seca, subyugante. Algo parecido me sucede cuando te abro la puerta y me pierdo en el limonero que baja por tu espalda. Cuando rechazo la hostilidad. Cuando me olvido de aquella mañana. Del disparo. De la entrada maldita al territorio de la ausencia.

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extraído de
Arder en el invierno
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