18 diciembre 2008

Medicinas

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Levanto la vista y observo la caja sobre aquella estantería. Es mi caja y son mis pastillas. En mi decisión. Soy un pastillero ultra dependiente. Me drogo. Soy un drogadicto. Un adicto. Un aniquilado. Soy lo que quiero ser porque dependo de lo que nadie desea: una tormenta cegadora, un teléfono cortado por falta de pago, un cortocircuito. Una necesidad. La necesidad (siempre cara de hereje) de mi adicción. La necesidad de mis propios medicamentos, de mis propias pócimas y de mis propias malas yerbas. La ausencia de recetas, de sol, de fraguas donde fundir las letras del romancero. Calienta el mechero en el corazón de la cucharita. Quema y arde y cura. Quién podría soplar la vela de este fútil entierro. Quién. Me trago las grageas sin partirlas y sin líquido. A pelo seco, trago. Los ojos del infierno son mis ojos: la claridad no existe. Por eso espero paciente el milagro de la sanación: porque es mi caja y son mis píldoras. Y la necesidad es mí necesidad. La llevo conmigo a todas partes para que se acostumbre y nunca se me escurra. Soy un drogadicto necesitado. Un aniquilado en la noche de tormenta. El cortocircuito letal. Pero soy yo y con eso me basta.

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extraído de
Arder en el invierno
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11 diciembre 2008

Lienzos

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Voy con los pinceles a un sitio secreto que hay más allá del terraplén. Ahí mismo, una tarde fría, me enseñaste la parte más blanca de tu cuerpo. Todavía puedo verla. El terraplén separa las vías del ferrocarril austero de una canchita de fútbol donde sólo juegan los guapos. El terraplén (más bien sus adyacencias) tiene mucha historia. Aunque la historia del bendito terraplén no puedo contarla ahora: ahora voy con mis pincelitos, melancólico pero arrojado. Voy en busca del rincón secreto. Voy porque ahí sé acomodar mejor las letras y las palabras y la puntuación. Voy como si el verbo ir me llevara de la mano. Entonces me escondo. Me hundo y me unto. Me encierro. Me hago cueva y cerebro y mago. Estiro la hoja blanca y comienzo a soltar oraciones que unidas representan aquella tarde: tu cuerpo erizado y puro. Soy, por un instante, el artista plástico que garabatea las sensaciones. Soy el que plasma y se arrepiente y vuelve a plasmar. Cierro los ojos: te veo de espaldas desabrochándote la camisa. Escribo la tensión de ese instante y el terraplén se me viene encima con toda su historia de malandras olvidados. Sé que hubo un invierno en el epicentro de mi vida. Una tarde fría en la que todos los ardores se juntaron para mí. Sé que ya no los tengo pero el sitio secreto me ayuda a entender que todos los inviernos se parecen entre sí. Y que voy a seguir esperando la parte más blanca de tu cuerpo. La que me llena los folios de historias. La que me convierte en artista. La que sueño cada vez que voy al sitio secreto que ya no existe.

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extraído de
Arder en el invierno
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06 diciembre 2008

Kilómetros

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Habrá una desdicha cuando me llegue el día y tenga que sentarme a esperar: cuando me quede quieto por falta de combustible: sin pilas y fuera de borda. Mientras tanto viajo por los países pobres. Lluvias por la ventana cuyo vidrio se empaña con las bocanadas del sueño. Y viajo. Y avanzo. Recorro zonas marginales y voy descubriendo que ahí está la verdad. Qué delicia desenterrar lo invisible. Los pobres son los que le dan identidad a las regiones, a las banderas y a los escuditos rodeados de laureles municipales. Porque los ricos son iguales en todas partes, sean éstos de donde sean. Siempre. Usan las mismas marcas de ropa o zapatos y compran sus relojes en las mismas colmenas. Beben los mismos vinos. Fuman el mismo tabaco. Frecuentan los mismos gimnasios y las mismas discotecas y las mismas avenidas o playas. Son idénticos calcados copiados y hasta pobremente plagiados por algunos pobres descarriados que intentan mal huir de su preciosa condición. Porque los pobres son la verdad y todo lo demás es mascarita. Agujas y elefantes. Mate amargo, yerba al sol. Ilusiones al sol. Los pobres hacen las sillas donde se sentarán los ricos. Hacen las casas de los ricos: sus adornos, sus estufas, sus paredes y sus cimientos. Los pobres asfaltan las rutas para que transiten mejor los coches de los ricos. Los pobres hacen el pan, ordeñan las vacas las cabras las ovejas: trabajan la tierra (sea ésta para sembrar o recalificar). Y los votan: gobiernan los ricos porque los pobres quieren que eso ocurra. Qué desdichado seré cuando tenga que sentarme a esperar. Cuando me quede quieto, varado en medio del charco. Cuando ya no viaje con una mochila por las regiones bárbaras, donde la gente vive a cara descubierta y su única desgracia es ser inmensamente libre.

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extraído de
Arder en el invierno
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