27 noviembre 2006

Mundo Roma

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No sé si existe otra ciudad -sospecho que no- donde se respire un contraste tan grande entre cada uno de sus atributos. Del Vaticano al Coliseo, Roma es un mundo aparte -sorprendente y casi inexplicable- donde todo convive en una extensa y bulliciosa y descontrolada armonía. Y no me refiero al crisol de razas (mejor visto en París o Londres). Lo que esta ciudad tiene en sus calles y monumentos, en sus gentes, en su carácter, en su brío de todo lo soy, no lo tiene ninguna otra capital europea.
A esta referencia decidí llamarla Mundo Roma, y ESTAS son las imágenes.
Todo los demás, quiero decir el noviembre italiano que me tocó pasar, aparece resumido en los siguientes grupos de imágenes.
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NOVEMBRE ITALIANO

21 noviembre 2006

16 noviembre 2006

Flores, según María

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Aquí, algunas de las dieciséis ilustraciones que realizó María Lightowler para la portada del libro Flores para Irene [Premio Santa Cruz de Tenerife 2003].

08 noviembre 2006

La entrevista infinita

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LOS TALLERES LITERARIOS
Hace poco, en una entrevista publicada en Página/12, Gustavo Nielsen dijo lo siguiente: “La idea del taller literario, que es un modo de ganarse la vida para los escritores, no la puedo comprender. No puedo entender que la gente quiera ir a un taller literario, es como querer ir a un taller para aprender a fumar”. Usted coordina talleres literarios, ¿qué opina al respecto?
—Que Nielsen tiene razón, que yo tampoco puedo entender el porqué.
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Y sin embargo los dicta...
—Sí, claro. Y no exclusivamente por dinero: lo hago por puro placer personal, por el bienestar que me genera a mí [se clava ambos índices en el pecho, dos veces], por volver a leer en voz alta textos imperdibles, por tener la posibilidad de trasmitir una idea (literaria) equis. Y porque de tanto en tanto, aunque usted no lo crea, encuentro una oración perfecta e inolvidable escrita por gente que nunca había leído, por ejemplo, A través del puente o La salud de los enfermos. Creo que Nielsen opinó desde una visión de autor nato, y está bien: un autor nato no concibe la posibilidad de que un tipo le intente explicar cómo o con qué se escribe un cuento porque el autor nato eso ya lo tiene incorporado desde que aprendió a distinguir los colores (y sabe o sospecha, además, que ciertos menesteres son intransferibles).
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—¿Puede un escritor ganarse la vida dando talleres literarios?
—No, esa frase es figurativa. Hay muy pocos escritores que se ganan realmente la vida coordinando estos cursos: yo no, desde luego. Ahora, que para mí es menos desconcertante (y más gratificante) que repartir pizzas o atender el teléfono en un estudio de abogados, por supuesto. Pero no es el caso. Por lo pronto, en un taller literario lo que se dan son herramientas. Herramientas para, modos para (herramientas y modos que, con un poquito de predisposición, se pueden entender leyendo cualquier texto de ficción, sin ir a ningún taller). Yo no creo que nadie sea tan iluso de apuntarse para aprender a escribir, porque eso es más absurdo que lo del taller para aprender a fumar.
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—¿Por curiosidad, tal vez?
—Tal vez. No lo sé (como Nielsen). Lo que sí sé es que siempre se trata de gente que le gusta escribir ficción, que terminan el taller dicíéndome ‘ahora ya sé qué es un flash-back’, ‘leí tal texto y reconocí un ritornelo’, ‘en esta novela hay una digresión desde aquí hasta aquí’, ‘esta voz tiene un problema de registro’. Es posible que muchos se apunten por curiosidad, que paguen una cuota y que se tengan que cruzar media ciudad para que un fulano le explique formas de citación. Yo, le repito, no coordino talleres para los alumnos: es mucho más que eso. Cierta vez le pregunté a una muchacha por qué estaba en el taller y me contestó que había escrito un cuento y que luego lo había comparado con uno de Maupassant y que al rato, mientras miraba televisión, pensó en voz alta ‘el lunes, sin falta, me apunto a un taller’. En una de ésas, ahí, en semejante conclusión, descansa la respuesta a todas nuestras dudas.

02 noviembre 2006

Miguel de Molina I

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[primera parte]
Miguel Frías de Molina nació en Málaga, el 10 de abril de 1908, en el seno de una familia más que humilde de la Andalucía de los señoritos y la superstición. Su padre era epiléptico y me imagino que en la casa sólo se oía la voz de las mujeres: su madre, su abuela, sus cuatro tías. Y su madre lo intentó pero no fue al colegio: los Salesianos lo expulsaron a temprana edad y el pequeño Miguel se unió a una compañía de gitanos con los que actuó en las principales capitales españolas. Vendió pescado, cantó y bailó en tablaos de poca monta, aprendió a diseñar su propio vestuario, a confeccionarlo, y vaya uno a saber cómo comenzó a relacionarse con los personajes más trascendentes de la época.
Un buen día cumplió veinte años. Y la primavera sevillana lo sorprendió durmiendo al lado de un joven artista árabe, Samido, superstar de los escenarios de esa capital. Podría decirse que ese encuentro confirmó la homosexualidad de Miguel, condición que él nunca ocultaría.
En 1931 -año en que se proclama la República- Miguel Frías de Molina decide dedicarse profesionalmente al mundo del espectáculo. Se convierte, entonces, en Miguel de Molina. Arrasa bailando Amor brujo y canta como nadie Ojos verdes: ya usaba esas chaquetillas ajustadas y floreadas que marcarán su eternamente su personalidad.
Cuando estalló la Guerra Civil –como todo varón en edad de combatir, supongo- fue solicitado por el bando republicano. Sus artes le permitieron participar en los espectáculos que se daban en el frente [ver Ay Carmela] y en hospitales.
Ocho años después de la victoria nacional -1942-, con la policía de Franco acechándolo constantemente, harto de prohibiciones y de una paliza que milagrosamente pudo contar («esto por rojo y maricón», le gritaban mientras le desfiguraran el rostro a patadas), Miguel de Molina decide embarcarse hacia el extranjero. El destino: Buenos Aires la Reina del Plata. Hay una canción muy bonita de Joaquín Sabina (De purísima y oro) en donde se retrata casi a la perfección la España de la posguerra: quiero decir la diferencia abismal de clases. En esa canción se escucha ...y en un barquito / Miguel de Molina / se embarca caminito de ultramar.
Triunfa en Argentina y hasta adquiere una casa en propiedad. Pero de la pesadilla franquista no se despertaría tan fácilmente: recibe una orden de la Embajada Española en Buenos Aires en donde le exigen que regrese a la península inmediatamente. Mientras tanto lo meten preso y le quitan todo lo que tenía.
En la España de Franco, Miguel de Molina soporta todas las aberraciones de régimen (¿por rojo y maricón?). Poco tiempo después logra marcharse a México donde también consigue un éxito notable. Pero los teatros mexicanos –y más cosas, claro- eran controlados por Jorge Negrete. Miguel rechaza las imposiciones de Negrete y sus secuaces y eso marca el final de su estancia en el país azteca. Se dice que una noche, mientras Miguel de Molina actuaba a teatro lleno, irrumpió un fulano con aires de navajero, dando gritos y suspendiendo la función. Ese fulano era el secretario y mano derecha de Negrete: un tal Mario Moreno. Sí, Mario Moreno «Cantinflas».
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